AÑO 2022. DESPUÉS DE LA PRIMERA GUERRA MÁGICA, LA PAZ REINÓ DURANTE LARGOS AÑOS. AQUELLOS QUE LUCHARON EN LA GUERRA CONTRA EL MAL, HICIERON SUS FAMILIA Y ACTUALMENTE SUS HIJOS SE ENCUENTRAN ESTUDIANDO EN HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA.
TODO ERA PAZ, HASTA QUE REGRESÓ BELLATRIX LESTRANGE, QUE VOLVIÓ DE ENTRE LAS SOMBRAS FINGIENDO SU MUERTE Y ADUEÑÁNDOSE DEL MUNDO MÁGICO Y MUGGLE, HASTA DE HOGWARTS. UN NUEVO DIRECTOR REINA EN EL COLEGIO VOLVIENDO TODO A SU ANTOJO, TOQUES DE QUEDA, LOS SLYTHERIN Y MORTÍFAGOS SON DUEÑOS DENTRO DEL COLEGIO. LOS VAMPIROS SE HAN UNIDO A LA CAUSA Y AHORA ALGUNOS ESTUDIAN EN HOGWARTS, TODO PARA ACABAR LO QUE UN DÍA EL SEÑOR TENEBROSO NO PUDO TERMINAR.
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Las amarillas al poder — Alico Longbottini

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Las amarillas al poder — Alico Longbottini

Mensaje por Invitado el Dom Abr 27, 2014 3:41 am

Como cada día, la energía que desprendía la morena era evidente, y las ganas de moverse y hacer cosas aumentaban conforme el día iba cayendo. Era un día como otro cualquiera, otro día más para comerse el mundo y hacer cosas nuevas, distintas, cosas que le daban la vida y le hacían ser la que era. Cada día era un reto nuevo, algo que experimentar, que vivir, que reír, que hacer. Le gustaba ver así la vida, llena de felicidad y optimismo, porque por mucha tormenta que estuviese cayendo encima de ella, seguiría sonriendo, seguiría feliz. Seguiría siendo ella.

Era un día primaveral corriente, soleado, con muchas nubes a las que descifrar formas y leve calor para tumbarse sobre el césped cerca del Sauce Boxeador —no muy cerca, eso sí, o no volvería a poder tumbarse allí.— La mañana había pasado volando, las clases se habían esfumado como si en un abrir y cerrar los ojos se tratase. Las horas posteriores se había pasado metida en la biblioteca, había veces que hasta parecía que vivía allí. Pero las tareas era algo que nunca se pasaba por alto un día semanal, los fines de semana los guardaba para practicar hechizos o repasar temario. Aunque cabe decir que también para hacer sus mil y una travesuras. Ella vivía feliz en su mundo, pero que mejor que vivir así y no con desánimo.

Ya tenía al comienzo de la mañana, preparado el plan que iba a hacer hoy. Después de dejar la silla bien colocada, ya que era bastante organizada, salió con paso rápido de la sala abarrotada de alumnos, esquivando unos a otros que pasaban por su lado y se dirigió hasta la séptima planta. Llegó casi sin aliento, pero sonreía, como siempre. Se quedó fija mirando una pared lisa de piedra sin despegar la mirada, pronto aparecería. Y cuando cerró sus párpados para abrirlos al instante, la puerta ya estaba allí. Su sonrisa se abrió más y sin pensarlo dos veces, la abrió y metió la cabeza dentro para divisar lo que había. Nada fue su sorpresa cuando al fondo del sitio, a la izquierda, vio un gran piano negro, haciendo que sus ojos se abriesen por la emoción.

El espacio era amplio y se percibía un olor como a vainilla, uno de sus olores preferidos. El suelo tenía un color marrón oscuro, mientras que las paredes vestían un color granate. No habían ventanas, por lo que la iluminación solo contaba con una gran lámpara sobre el techo, colgando, de un color blanco grisáceo. Se podían divisar varios sillones grandes, de un color marrón más claro que el del suelo. Enfrente del piano había uno más pequeño, del mismo color, y se fijó en el, mientras se acercaba con paso lento. Deslizó con suavidad el dedo corazón de su mano izquierda sobre la tapa del piano, cerrando los ojos. Con elegancia se sentó sobre el pequeño sillón y abrió la tapa del piano, acariciando las teclas suaves y blancas como el marfil. Presionó un dedo, dos, tres, hasta comenzar una pequeña melodía pegadiza, sonorizando toda la habitación. Sus ojos se mantenían cerrados, disfrutando de aquella paz que le infundía la canción que se sabía de memoria. El dulce sonido con ese acaramelado aroma eran la mezcla perfecta para tener un momento perfecto.

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Re: Las amarillas al poder — Alico Longbottini

Mensaje por Alice A. Longbottom el Sáb Mayo 17, 2014 2:04 am

No lo encontraba, no podía encontrarlo por ningún lado, era algo totalmente irónico que, cuando se era la hermana mayor y se necesitaba la ayuda de los hermanitos, ninguno de estos hacía acto de presencia; especialmente el hermano con el que mejores tratos llevaba y que me cuidaba como si no fuera un año más grande y unos centímetros más alta, aquel que me trataba como si todavía fuese la niña pequeña que lo regañaba por subirse a un árbol cuando mamá nos lo había prohibido y que lo miraba hacia arriba, puesto que solo había crecido más que él al entrar en mi cuarto año de educación mágica, molestándolo con ello todos los días como si realmente él fuese el hermano mayor.

Ya lo había buscado por todos lados, desde las lejanas torres de su casa y la lechucería hasta los sótanos donde se encontraban las cocinas a las que solía ir a robar comida en compañía de Fred y Jimmy. El que hubiese desaparecido de la faz de la tierra no me preocupaba en absoluto, es más, lo encontraba realmente absurdo y me preguntaba una y otra vez, con las lágrimas amenazando con salir de mis ojos, porque en mi sano juicio se me había ocurrido ir a pedir el consejo de Frank, nada mas y nada menos que mi escurridizo y querido hermano menor. Los salones pasaban delante de mis ojos sin ofrecerme el consuelo que yo estaba buscando, lo necesitaba más que a nadie en el mundo y, aunque jamás se lo admitiría, lo extrañaba con un ansia corrosiva que comenzaba a minar aquello que había logrado rescatar desde que Jamie me advirtiera acerca de mi errático comportamiento. Por una parte sabía que no podía seguir dependiendo de otros para soportar con todas las cargas que se me estaban echando encima, aunque también por otra parte era aún lo suficientemente dependiente de mi familia como para no necesitar el abrazo de la única persona que me querría incondicionalmente, sin importar que, por muy patético o no que este fuera mi hermano menor.

Había llegado hasta el séptimo piso sin éxito alguno y el estrés de los últimos días luchaba por desmoralizarme. Siempre me pasaba eso antes de un examen y, ahora que los ÉXTASIS se nos aproximaban con absoluta y horrible rapidez, no podía pensar otra cosa que en salir corriendo del castillo y esconderme en casa de mis abuelos, donde me cuidarían con aquella ternura que siempre habían sabido tratarme y donde me asegurarían que, sin importar los resultados que sacara en las pruebas más importantes de mi educación mágica, siempre sería para ellos su Alice Lidell, su niña del país de las maravillas. Suspiré totalmente agotada y, cuando me percaté de que frente a mí se hallaba el pasillo de la sala de los menesteres, caminé hacia él arrastrando ligeramente los pies mientras le pedía a la sala un lugar para descansar, un lugar donde podría sacar todo el estrés de la semana y olvidarme de mis problemas por un rato.

Me sorprendí en gran medida cuando la puerta se materializó y escuché unos acordes de piano salir de entre las paredes mágicas, me adelanté con cuidado de no generar algún ruido demasiado ostentoso y observé maravillada como Nikky, una de mis mejores amigas tan parecida a mí en algunos aspectos que incluso la habían llegado a confundir con mi hermana, se hallaba sentada ante un pequeño piano de cola negro, tocando felizmente una alegre tonada que contagiaba al escucharla. Sonreí de forma tímida y me arrebuje en uno de los cojines más alejados del piano, el cual había aparecido repentinamente, tal vez por obra y gracia de mis necesidades, y me dispuse a esperar a que la morena terminara su interpretación, a la vez que cerraba los ojos y disfrutaba de la música que embriagaba cada uno de mis sentidos y extremidades, susurrando tan bajo que apenas pude escucharme yo: -Realmente hermoso- mientras que en mis labios se dibujaba la primer sonrisa auténtica que se me había visto en semanas.


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Alice A. Longbottom
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Re: Las amarillas al poder — Alico Longbottini

Mensaje por Invitado el Miér Mayo 21, 2014 6:30 pm

Se la podía ver totalmente tranquila, moviendo ágilmente los dedos y los pies sobre el pedal, tocando tan armoniosa melodía. La historia por la que toca el piano, es bastante larga y algo curiosa, la cual cree que nunca se la ha contado a nadie. La alemana ha sido siempre una muchacha con un círculo de amistad bastante amplio, decir que es social se le queda más que corto, pero quizá nunca ha tenido a alguien "especial" al que contarle sus historias más íntimas, porque sí, Nikola podía ser bastante extrovertida y alegre, pero para esas cosas era bastante reservada. Y a decir verdad tenía buenas amigas a las que confesarle todo lo que a veces le ocurría, o contarle mil historias de pequeña, como cuando le daban ataques por su hiperactividad y debía de calmarse comiendo dulces, cosa que aún le seguía pasando, pero nunca veía el momento adecuado de contárselo a alguien, o quizá nadie le preguntaba.

La melodía era bastante conocida para ella, no recordaba el autor ya que su padre había sido quien de pequeña le había enseñado tanto tocar el piano como la canción. Era la canción que más la relajaba, por eso mismo sus padres decidieron comprarle este mismo piano cuando supieron de su enfermedad, si es que se le podía llamar así. Tocando el piano su corazón latía con menos rapidez, y se volvía más ameno y saludable. Se tranquilizaba notablemente, aunque no fuese ella quien estuviese tocando, esa canción hacía en ella un efecto tranquilizador inmediato. La mayoría de veces que venía aquí para tocar el piano, normalmente era porque se sentía agobiada y necesitaba tranquilizarse, aunque el diez por ciento restante era porque sentía que debía ir, o por puro aburrimiento.

Cuando al fin pudo abrir los ojos, terminando la grandiosa melodía, se podía notar perfectamente una sonrisa sobre su rostro. Era increíble como un par de minutos escuchando esa canción, todo cuerpo se relajaba al instante. Siempre se concentraba bastante en la melodía, lo que hacía que no prestase atención a nada en su alrededor, por lo que muchas veces su padre la miraba a lo lejos, apoyado sobre el marco de la puerta, contemplándola. Agradecía esos recuerdos, en los que en la mayoría aparecía su padre ayudándola a tocar bien la tecla, o cuando la cara de su madre se descomponía cuando Nikola hacía alguna broma de las suyas, pero al segundo sonreía y le revolvía el pelo. No había tenido una infancia desagradable, al contrario, hasta cuando recuerda los ataques que eran más agudos, sonríe. Eso era lo que hacía en todo momento, sonreír.

¿Nunca habéis notado que alguien os está observando? Pues eso era lo que justamente le ocurría en ese preciso instante a la morena, que rápidamente giró la cabeza hacia el sitio donde justamente una de sus mejores amigas la contemplaba en silencio. Parpadeó instintivamente y frunció el ceño para saber si la había visto bien, y cuando volvió a mirarla con más detenimiento, pudo ver como en realidad sí se trataba de Alice. La sonrisa que se había desvanecido al entrar en desconcierto, volvió a aparecer enseñando todos sus perfectos dientes.

¡Alice!— Exclamó levantando los brazos del piano hacia arriba de su cabeza, algo demasiado exagerado, pero ella era exagerada. —¿Llevas mucho aquí? Oh, que vergüenza...— Comenzó a sonrojarse levemente y se abrió paso entre los pequeños sillones que se encontraban por allí, para llegar al final hasta la silueta de su amiga y abrazarla con énfasis. Sí, Nikola era cariñosa, a veces en extremo, pero suponía que la tejona ya se habría acostumbrado a ello. La verdad, nunca nadie la había visto tocar, más que sus padres cuando era pequeña, y que Alice fuese la primera primeramente le avergonzó, al ser tan buenas amigas desde principio de curso, pero después se tranquilizó ya que por suerte, había sido ella la que la había descubierto y no otra persona no tan cercana. —¿Qué haces aquí?— Por suerte iban al mismo curso y a la misma casa, así que la había visto ese mismo día, no hacía más de quizá tres o cuatro horas.  Se solían juntar bastante, aunque Alice solía también ir con otras chicas, mayoritariamente de Gryffindor.

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